Que dejen descansar al poeta
Nov 30th, 2008 by Srta Cyborg
¿Qué se puede decir de Federico? De quien se ha dicho todo lo más serio y lo más bello, como los textos que de él escribieron sus amigos. Hay un poeta vivo que dijo de sí mismo “El pájaro voló, tiembla en la rama” –otro de esos, que son siempre incomprendidos. ¿Qué puedo decir yo hoy, una persona cualquiera, de la vida de los poetas? De quien es verso, y fue carne y fue rama, donde se posa la canción (lírica).
Todo el mundo –que está vivo– guarda una relación con el Poeta, con los poetas. Cuando yo era pequeña, teníamos en mi casa la gruesa edición de Aguilar, que yo pintarrajeaba. Mi madre me cantaba, por nanas, canciones del Romancero Gitano y yo, subida a una silla, recitaba melodramática “Córdoba, lejana y sola…”. A los 7 u 8 años, quise representar La Zapatera Prodigiosa y ser yo misma esa zapatera contradictoria. Mi tío abuelo, un cantamañanas, había sido su contemporáneo y en la familia cuentan, vanidosos, que se llegaron a conocer. Luego vi numerosas versiones y montajes. Por recordar algunos, no los más importantes y brillantes sino los que conectan con algun momento vital mío de alta fidelidad: la película La Casa de Bernarda Alba con Glenda Jackson, de Pascual El Público, etc.
Yo no conozco a la familia de Federico ni conozco a nadie que le llegara a conocer, pero si les conociera les preguntaría ¿Cuál hubiera sido la voluntad de Federico? Primero, me despellejastéis, me deshollastéis, me incomprendistéis y, ahora, ¿no me queréis dejar descansar muerto? ¿Me queréis hacer trizas? Mis huesos esparcidos, separados, exhumados como reliquias, pasto de las manos de los que nunca me conocieron, carne y pasto ahora de palas y tests. En lugar de mis huesos abandonados en la tierra. En lugar de la tierna, tíbia, concava fosa, mis huesos hechos tierra limpia y simple, mis huesos entre los huesos de otros hombres que todo el mundo ha de olvidar….
Posiblemente Federico no quisiera, no quisiera que hoy se remuevan sus huesos. Trato de ponerme en su piel y en su carne trémula, asustada, herida y desgarrada, poseída por el miedo o la ira o el horror antes de ser asesinado y trato así de imaginar su voluntad. Hay que amar la muerte tanto como se ama la vida para sentir esto. Quien abraza la muerte de otra manera que no sea la aceptación de algo propio, solo huye de su propia vida.
A los muertos hay que dejarlos descansar en paz, igual que a los muertos hay que enterrarlos. Nos lo dice nuestra “intuición” de tribu, nos lo dice la tribu desde Antígona (antes de Cristo) y parece mentira que algunos no hayan conseguido aprender. Que las leyes del hombre eso no pueden cambiarlo, no pueden ni podrán nunca cambiar las leyes de la sangre derramada. Y parece mentira que se le haga esto a un hombre que escribió Bodas de sangre o La Casa de Bernarda Alba, que se le haga esto a un hombre cuya lección de tragedia la tenía aprendida.
Federico está muerto y muerto estará, donde sea que se encuentre. Noy hay “memoria histórica” que nos lo restituya, hecho carne y hecho verso. Nada que pueda restituir su presencia, su persona, ni siquiera su supuesta dignidad y respeto. Ni a él ni a ninguno de los otros. Esa dignidad y respeto son más grandes cuanto mayor es la ignominia que se les causa: deja a tu enemigo en falta. Y quien esto no lo entienda, no entiende ni acepta su propia mortalidad, tampoco la de sus asesinos, no acepta ni entiende el sentido de la Historia y la importancia de la Verdad. Ni colabora ahora en restituirlos.
No una verdad de superficies, una verdad que se pueda sacar a la luz como se sacan de una tumba unos huesos. Sino la Verdad Honda, la verdad grande y simple de las cosas. Una verdad que sea tamañanmente proporcional al instante de eternidad que será siempre ya -eso nadie lo borra- la carne hecha verso de un poeta desaparecido.
Todo el mundo –que esté vivo– guarda una relación con el poeta. Pero, ojo, no solo una relación por contacto o por +/- 6 grados de separación con los que le conocieron o con los que le fueron a él conocidos, como la que más arriba he descrito. Sino una relación moral con el poeta. Con el poeta igual que con el resto de los hombres. Y desde esa Verdad os digo: haceros cargo de los hombres y los poetas de vuestro tiempo. No esta nostalgia de justicia, enfermiza, sino un sí a los que tengáis por vivos. Invitadles a comer a vuestra casa porque son pobres, salid a comprar sus libros de poesía porque de la poesía no se vive, sed sus amigos en lugar de sus asesinos.
Dicen que dijo Schiller: Vive con tu siglo, pero no seas su criatura. No seamos criaturas de un tiempo insulso, de un tiempo enfermo, de un tiempo desconcertado que todo lo reclama y exige en nombre de no se sabe qué supuestos valores: democracia, memoria historica, veracidad, dignidad, respeto. Antes cristiandad. Seamos criaturas de un tiempo distinto. Con eso se alcanza la verdadera grandeza y la eternidad. Una parecida a la que poseyó alguien como Federico en vida.